Imaginar que se tiene una idea es en sí mismo una idea. Por eso puede resultar tan difícil aterrizar—esto es darles uso—las ideas que se tienen.
A veces las ideas no son creativas, en el sentido de que no nos sirven para crear. Bien porque no son ideas en sí (“quiero escribir una novela sobre mi vida”, “quiero hacer un negocio de turismo”, esas no son ideas, son deseos), bien porque no son prácticas. Construir el contexto para tener una idea sirve para darle practicidad a la misma.
Imagina en qué condiciones ideales podrías escribir la novela, hacer el negocio o llevar adelante el proyecto que te interese. Si comenzamos con cosas como “necesito 1.000 dólares mensuales para poder liberar las horas para escribir”, bueno, ya sabemos que tu idea no es muy práctica—si bien no podemos descartar del todo que haya gente dando dinero para que alguien comience a tener ideas, el tiempo que hay que invertir en encontrarlas es mejor dedicárselo a otras cosas.

Pero si lo que decimos es “necesito una hora al día para ordenar mis ideas”, ya tenemos algo para comenzar a trabajar, poner el despertador más temprano, encontrar quién saque al perro o cuide a los niños, detenerse en un café de regreso a casa. Luego, ir haciendo ajustes, “el café resultó muy ruidoso”, “me distraje con el desorden de la casa”, “el primer día estuvo bien, pero el segundo me costó mucho pararme”.
Este es un contexto que podríamos llamar ambiental, no necesariamente en un ambiente preparado para ello llegarán las ideas, pero sí es necesario tanto para trabajar en la idea como para poner al cuerpo en alerta, quizás esa sensación pueda acompañarnos a otros ambientes.