Todo tiene su final/Nada dura para siempre/ cantó Héctor Lavoe, un tema que pudo ser parte de la banda sonora de Wonder Boys, pero que también podría servir para musicalizar las palabras de John Irving, que en un evento al que asistí hace unos años contó que él lo primero que escribe de una novela es el final y de ahí avanza hacia atrás, desde entonces lo llamo el cangrejo novelista.
Llámalo final, desenlace o resultado, escríbelo, exprésalo, defínelo, eso permite comenzar desde el principio o en reversa—a lo Irving—, para que el recorrido nos lleve a donde queremos. Hay actividades donde esto parece más sencillo; en el diseño, de alguna manera el resultado está ya en el primer paso; en otras no tanto; no solo no logro imaginar cómo un músico podría comenzar por el final de su canción, ni siquiera sé cuál es ese final, ¿el último compás? Pero la razón es la misma, delimitar, marcar el territorio, el camino por el que transitará la creación.
En lo personal, yo prefiero construir el índice y no tanto el final, porque el índice cuenta a modo de esquema la historia y el final que surge de ahí suele ser inevitable. Incluso me gusta hacer el ejercicio para libros de cuentos, le pongo un título más o menos basado en el cuento que considero principal y luego agrego los que lo acompañan y de esa lista de nombres definir si creo necesario otro cuento y si ese otro cuento está ya escrito o hay que escribirlo.
Aplicado a investigaciones, tesis o ensayos, construir el índice como primer paso se vuelve un poco el algoritmo del proyecto y hoy en día la mano que mueve el algoritmo es la mano que mueve al mundo, así que no está nada mal realizar actividades que nos permitan afinar la habilidad de construir algoritmos.