Creatividad como promesa

No importa que uno no se ponga límites, la vida, en forma de experiencia, te los va imponiendo. No solo mientras menos práctica tengas en algo es mayor la probabilidad de que en el futuro ya no puedas hacerlo, también mientras más haces una cosa, más probabilidades hay de que la vuelvas a hacer, no solo porque te acostumbras a hacerla, muchas veces tienes que volverla a hacer porque los demás saben que la haces. Cuántas veces nos llegan proyectos de lugares inesperados porque alguien escuchó que nosotros hacíamos esto o aquello.

Mi novela Aquí no encontrarás a Weeping Sally surgió de la propuesta de un amigo de publicar una antología de relatos con el tema de ‘los escritores perdidos de Chicago’. Yo había escrito algunas cosas sobre publicaciones perdidas y falsas autorías, por lo que era natural que me llegara una invitación así, si bien nunca había pensando en el tema de manera tan especifica: escritores desaparecidos u olvidados de una ciudad real.

Apenas me llegó la propuesta me senté a generar la idea, concebí una historia y escribí el cuento para la antología. La antología se retrasó y eso sirvió para que pasado el tiempo me diera cuenta de que el relato que había entregado daba para novela. Con la novela ya terminada y buscando editor, mi amigo me dijo que su proyecto seguía en marcha y que llegado el momento podríamos decidir si publicar el cuento original, un fragmento de la novela o algo nuevo. Una propuesta, una idea, dos publicaciones, negocio redondo.

En la escritura es mucho más común de lo que a los escritores nos gusta aceptar que los proyectos nazcan de esta manera. Una convocatoria con un tema, de una extensión, con entrega en una fecha específica, los límites se convierten en expectativa cuando decidimos que sí vamos a participar.

“Salta, ya aparecerá el piso” citó Borges un poema navajo (en efecto, Borges es una fuente de creatividad a la que suelo acudir). “Dí que sí, ya se te ocurrirá qué hacer” podría ser una versión de emprendedor, menos poética pero igual de efectiva. O igual de arriesgada. La creatividad tiene su parte de riesgo, como cuando quedamos en evidencia al descubrir el agua tibia, o en entre dicho cuando anotamos un gol con la mano, o cuando el piso está más abajo de lo que nuestro cuerpo podía resistir.

Manejar las expectativas es manejar el riesgo. De eso se tratan experiencias como el NaNoWriMo, acrónimo de National Novel Writing Month, Mes nacional de escritura de novelas, que todos los noviembres pone a mucha gente a escribir mil palabras diarias durante treinta días, para que al final del mes tengan 30 mil palabras, el largo de una novela de unas 150 páginas. La expectativa es escribir mil palabras, es una expectativa numérica. No se trata de evaluar trama, personajes, ambiente, se trata de escribir mil palabras por día. Si un día escribes solo 700, que al día siguiente escribas 1300; si un día escribes 1600, te puedes dar el lujo de escribir al día siguiente solo 400. En el NaNoWriMo hay solo una manera de fracasar: no tener 30 mil palabras escritas al final del mes. Bueno, ahora hay otra, aunque NaNoWriMo quiera pretender que no, pero de eso hablaré en otra sección.

Después de que se tienen las 30 mil palabras viene otro trabajo, pero 30 mil palabras es una base sólida para darle forma definitiva a la novela o para saber que en eso que escribiste durante un mes no había una novela. ¿Trabajo perdido? Solo si pones el archivo en la papelera de reciclaje y le das al comando de vaciar la papelera.

Las expectativas son peligrosas porque a mayores expectativas más difícil satisfacerlas. Pero proponerse una meta, un objetivo, es algo que solemos hacer, lo hacemos en los propósitos de año nuevo o al comenzar una dieta. Claro, también es popular la idea de que los propósitos de año nuevo no llegan a febrero, pero ahí tenemos que preguntarnos si el propósito era verdadero o un deseo poco viable. No hay que confundir creatividad con fantasear. Una fantasía puede ser una buena idea pero una buena idea no es una fantasía, es algo concreto con lo que se va a trabajar.

El comediante Seinfeld ha hablado de su reto de escribir un chiste diario. No todos los chistes serán buenos, no todos van a terminar siendo parte de una rutina, pero es más fácil encontrar un chiste excelente cuando se escribe uno diario que esperar a que el chiste sea excelente para luego escribirlo.

La promesa no debe ser de calidad, las ideas se contrastarán en su debido momento. La promesa tampoco tiene por qué ser de cantidad, forzarse a producir un número determinado de algo puede resultar difícil de manejar. Lo importante es que la promesa se amolde a tus posibilidades y expectativas, pero sobre todo que te rete. Las ganas de cumplir la promesa es requisito indispensable para cumplirla. Querer escribir el chiste diario. Querer participar en la antología. Querer diseñar el nuevo puente de la bahía. No es voluntarismo, pero hace falta voluntad. Ya se verá si podemos.

La creatividad como promesa empieza en uno, aunque la propuesta o la expectativa venga de afuera. El sí que se da con interés por el proyecto, que se da con ganas de generar ideas, hay que aprender a diferenciarlo del que se da por complacer a la otra parte, porque no queremos o no nos atrevemos a decir que no.

Decir que no debería ser muy sencillo, pero no lo es. Son muchas las razones que nos llevan a aceptar proyectos que no queremos. A veces es con el camino ya comenzado que nos damos cuenta de que no debimos aceptar la propuesta. Dependerá de la situación concreta, pero un no a medio camino puede ahorrarnos muchos dolores de cabeza. Claro, si es que todavía existe la posibilidad de decir que no; si hay que llegar hasta el final, el problema pasa a ser cómo mantenerse creativo en una situación en la que no quisiéramos estar.

Para pensar en ello: Promesa cumplida.

Volver a las puertas.