La promesa es hermana de la amenaza: en la primera, hacemos o dejamos de hacer algo por el beneficio o premio a obtener; en la segunda, lo hacemos o dejamos de hacer por el miedo a las consecuencias.
En una negociación, la promesa y la amenaza son efectivas según se alcancen los acuerdos por haberlas cumplido o no; en la política no cumplir una promesa y tener que cumplir una amenaza puede resultar en una catástrofe; en la educación y crianza es mejor no hacer ni promesas ni amenazas porque tener que cumplirlas cambia los términos y las dinámicas entre las partes; no solemos concebir el amor de pareja sin algún tipo de promesa o amenaza.
Todo esto para decir que la naturaleza de la situación cambia la razón y el tipo de promesa que se puede hacer.
¿En qué situación estás? ¿Empezando el recorrido, mejorando el desempeño, dando un giro total en lo que habías hecho, tratando de alcanzar una cota inédita? ¿Qué expectativas tienes respecto de la situación y la promesa que haces?
Porque lo importante es que meta y promesa estén alineadas. No se trata de hacer un sacrificio que al cumplirlo no nos acerque en nada a lo que queremos lograr. Tampoco hacer algo que demande un esfuerzo tan grande que se vuelva una meta en sí misma y terminemos olvidando la meta verdadera.

Quiero escribir una novela este año, quiero aprender a hablar francés antes de mi viaje a París, quiero romper el récord de los 1.500 metros planos. Dada la meta, hacerse la promesa que se adecue mejor. A veces meta y promesa son difíciles de distinguir, a veces solo hay meta, a veces solo promesa, quiero leer más, quiero reunirme con mis amigos con mayor frecuencia.
Pero hay que insistir, la promesa es un mecanismo para alcanzar el objetivo, no el objetivo en sí; la promesa se hace para acelerar o para cambiar de dirección, no para ponernos en movimiento; lo ideal es no necesitar la promesa, mucho menos la amenaza, para ponerse a trabajar en lo que uno quiere lograr.