Luis Alejandro Ordóñez
¿Quieres ser Zinedine Zidane? decía la inesperada y atractiva invitación. Por supuesto, respondí de inmediato. El correo electrónico de vuelta solo contenía una dirección y un monto en euros. Costoso, tanto viajar al lugar como pagar por el servicio. ¿Servicio? Sueño. Quién no ha querido ser como Zidane, como Messi, como Maradona, como Ronaldo, Zico, Pelé, como tantos.
Compré el boleto y apenas empaqué un cambio de ropa. No recuerdo nada del viaje, emocionado como estaba con las posibilidades que se abrían ante mí. Supe que había llegado al sitio por la larga fila frente a lo que parecía ser un teatro en decadencia. Eran incontables las camisas de Francia, el Real Madrid, la Juve, con el número 10 o el 5 en la espalda. Me desanimó un poco pensar que no estaba bien vestido para la ocasión, pero pronto me di cuenta de que era yo el que entendía la trascendencia del correo no deseado, no era un disfraz lo que me convertiría en Zidane.
La fila avanzaba rápido, con todo y eso pasaron unas tres horas antes de que me llegara el turno. Una señora en la taquilla se encargaba de cobrar la entrada. Entré a la sala y entonces, en el centro del escenario, lo vi, más viejo, algo demacrado y con cierta mueca de dolor, pero el mismo de siempre, desgarbado, flaco, alto, de cara y nariz larga, de ojos pequeños pero saltones. Dudé un momento y me dijo que sí, que era él mismo en persona.
Entendí y sonreí, lo disfruté incluso desde antes de comenzar la pequeña carrera hacia él. A un paso de alcanzarlo, eché la cabeza hacia atrás y con todas las fuerzas que pude sacar del cuello, golpeé con la frente al viejo Materazzi en todo el centro de su pecho. Apenas terminó de desplomarse se apagaron las luces del escenario y se abrió una puerta lateral con el letrero de “salida”. Me fui satisfecho, todo un Zidane.