Encontrar el laberinto

Sales del trabajo luego de una pesada jornada, quedan pocas horas del resto del día para hacer diligencias, atender obligaciones y compromisos, recrearte y descansar. El metro está atestado y cuando vas por el pasillo para salir de él quieres dar esos últimos pasos como si una medalla de oro en los 100 metros planos estuviera en juego. De pronto, suena una música en el pasillo, una música mágica, maravillosa, la pregunta no es tanto si al escucharla te detendrías a apreciarla, la verdadera pregunta es si en realidad la escuchaste.


Pienso mucho en el experimento que realizó Joshua Bell en el metro de Washington D.C. Hasta escribí una especie de poema-aforismo al respecto:

Temo encontrarme a Joshua Bell y no reconocerlo/
Pero aún más temo encontrarme/
al Joshua Bell/
del arte que desconozco o menosprecio/

Bell, en efecto, se encontró con una audiencia más difícil que el grupete ese de Platón, Esquilo y Aristófanes, una audiencia que no estaba dispuesta a ser sorprendida en medio de su atribulada rutina. Más adelante tocaremos la creatividad en el trabajo, pero por ahora me quiero enfocar en ese ‘narrador’ que teme no reconocer a Bell. Para ser sorprendido lo primero es querer ser sorprendido. La creatividad viene antes del acto creativo, insistiré sobre ello a lo largo del ensayo, porque si no quieres crear pasarás de largo de uno de los más importantes violinistas de su época sin apenas reparar en su música.

Cosas inesperadas suceden, el problema es que, en efecto, suelen ser inesperadas. Cómo hacer para que las cosas inesperadas nos sucedan con frecuencia. En Final caja negra, la canción de Soda Stereo, se habla de esperar un laberinto sin sorpresas. Me gusta esa idea porque en efecto, el laberinto siempre tiene sorpresas, pero entrar en él no es esperarlas o no, es buscarlas activamente porque una vez en el laberinto hay que encontrar la salida, y cada giro, cada bifurcación trae un nuevo reto, algo inesperado que de alguna manera anticipábamos. En el laberinto habita la sorpresa, por eso hay que entrar en él.
Qué laberinto me interesa. Esa es la pregunta que tenemos que hacernos. Los artistas suelen enunciar la intención de su obra precisamente por eso, como afirmación del laberinto en que entraron y como invitación a que los acompañemos en su recorrido hacia la salida, o hacia el abandono, que no necesariamente esta búsqueda tenga final concreto. Pongo un ejemplo que tengo a mano y conozco bien: a mí me interesa el origen de las historias y cómo se cuentan desde ese origen, muy lejano o más contemporáneo, hasta la actualidad. En toda mi obra hay algo de eso, ese es mi laberinto. Cuál es el tuyo, cómo reconocerlo.

Una película que te gusta y no entiendes por qué, la canción que siempre tarareas de manera automática, el libro que no te gustó pero que citas con frecuencia, el mecanismo en la cocina o en el baño que te incomoda, el penalti que creíste patear a la perfección y que de todos modos te detuvieron, la función en la computadora que te parece que debería existir, las palabras de amor que debiste decir, en lugares así suele haber entradas al laberinto. Encontrar esas entradas ya de por sí es una posibilidad para la sorpresa.

Volver a la puerta.