Creatividad como colaboración

Pocos espacios gozan del prestigio y del aura creativa del jam session: un grupo de músicos se reúnen y comienzan a tocar juntos, cada uno su instrumento, pero sin plan previo, y el resultado es una música nueva, única, que ninguno de los presentes por sí mismos habrían logrado.

Hay muchas excelentes historias de colaboraciones en estudio. Me gusta, por ejemplo, la del riff de bajo de Under Pressure, la supercanción que Queen y David Bowie crearon y grabaron juntos. Esa línea de bajo es inconfundible, pero no está claro quién la hizo. Bowie siempre dijo que John Deacon, el bajista de Queen, la creó, y Deacon siempre le dio el crédito a Bowie. ¿Cuál de los dos recuerda la verdad sobre cómo llegaron a esas notas y cuál está equivocado? ¿Se vale la opción Todas/Ninguna de las anteriores? Me gusta imaginar esa sesión como un intercambio tan rico de ideas y sonidos que ninguno de los dos pudo decir que la autoría fue por completo suya. No siempre es así.

Otra supercanción, Money for Nothing, de Dire Straits, es ejemplo de eso. Sting visitó el estudio donde Mark Knopfler estaba mezclando la canción y se entusiasmó con lo que escuchó, a tal punto de que terminó haciendo los coros. Para Knopfler, el aporte de Sting fue vital para el resultado, quizá por lo imprevisible. La voz de Sting es tan particular que uno puede atreverse a decir que es única, por eso no se puede planificar una canción sobre la base de que la voz suene como la de Sting si no se tiene al mismísimo Sting disponible. Tener la voz de Sting disponible abrió posibilidades que Knopfler no había previsto, pero Sting no puede sino cantar con su propia voz.

Por eso, cuando Sting supo que le darían créditos de coautoría por la canción no quedó contento con la situación; incluso aunque una de las frases más notables del tema, “I want my MTV”, al parecer es suya, para él su aporte no fue de coautoría, él solo hizo coros y dijo una frase que le sonó adecuada. Que la canción se titule Money for Nothing sin duda no lo ayuda a sentirse un poco más cómodo cuando el dinero de las regalías llega a su cuenta bancaria. Otra vez, ¿quién tiene la razón? La razón quizás esté en el proceso.

Hay que insistir: el proceso creativo es personal. La colaboración creativa pasa por que dos o más procesos personales entren en sincronía. Eso no es para nada sencillo.

Yo no soy bueno colaborando en procesos creativos. Tardé quince años en cambiar un título, leí un libro para luego escribir una novela, vi un partido de fútbol y años después escribí un cuento, es difícil hacer participar a alguien de ideas así, de ritmos así. Sin embargo, recuerdo muy bien una muy fructífera colaboración creativa.

Con Mauricio Rodríguez me reuní a propuesta de él con la idea de escribir un guión para hacer un cortometraje. Esa era la idea, no debería llamarla así, porque cuando nos reunimos no teníamos nada en mente salvo que queríamos hacer el guión. La primera sesión de trabajo fue de conocimiento mutuo, hablamos de películas que nos gustaban, de estilos, de historias que nos interesaban y de ahí fuimos construyendo un terreno común desde donde surgió un par de sesiones después la idea para Wire, corto que en cualquier momento podría ir a preproducción, pero eso ya no está en mis manos.

Por cuestiones de experticia me tocó a mí el peso mayor en la escritura, pero en el guión resultante no hay una sola línea que pueda considerar del todo mía. Fue un proceso de absoluta coautoría. Pocas veces me ha sucedido algo así, y definitivamente nunca me ha sucedido cuando he hecho las de escritor fantasma.

Por eso ya no lo hago. Las más de las veces, la persona que se acerca a uno para que escribamos sobre su vida no tiene una idea sino vivencias, anécdotas, al contarlas no hay una historia, una biografía, ese trabajo está por hacerse y ese trabajo es ajeno a las anécdotas y vivencias, lo excede, ese trabajo es creativo. En las oportunidades en que traté de hacer de escritor fantasma sentí que estaba entregando una obra mía para que otro la firmara.

Cuando pienso en ello, me doy cuenta de lo que falló, sobre todo de mi parte: no permití, no supe cómo lograr un proceso de coautoría, no hubo ni colaboración ni cocreación, porque probablemente tanto la persona como yo subestimados el proceso casi al punto de que imaginamos que se trataría de una especie de transcripción de una conversación o de un monólogo.

No, no era cuestión de grabar y transcribir. Nunca es cuestión de grabar y transcribir. Tuve que fracasar en dos o tres intentos para darme cuenta de ello. Y tuve que intentarlo una vez más para renunciar definitivamente a la empresa, pues al tratar de dejar en claro que no era cuestión solo de grabar y transcribir, para la contraparte fue muy difícil ver el otro lado como un proceso creativo, ‘es mi vida, no es tu ficción’. Pero no es cierto eso que dicen que el papel lo aguanta todo, las más de las veces hay que construir soportes y contrapesos bien ingeniosos para que lo que va al papel se sostenga.

Hay que tener mucho cuidado cuando se crea en colaboración. No son pocas las bandas que terminan enemistadas por el resto de la vida, o hasta que la nostalgia se vuelve rentable y se reagrupan para la gira de reencuentro. Insisto, los procesos creativos no son fáciles de sincronizar.

En una sección anterior hablaba de por qué fallan las tormentas de ideas, muchas veces no es porque esté presente gente equivocada sino porque no están presentes en el momento creativo adecuado. También hay veces que la gente va, y sobre todo invita, a estos procesos esperando que colaboren con ellos haciéndoles el trabajo, ojalá tengas capacidad de reconocer el caso.

Sobre todo, porque el proceso creativo es frágil, son muchas las cosas que pueden interrumpirlo y sacarte de él, no siempre es sencillo regresar incluso aunque tengas muy en claro qué cosas te ayudan para ello.

Para pensar en ello: Organizar la creatividad.

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