Hubo un tiempo en que una universidad venezolana era sinónimo de baja calidad, de piratería decíamos en aquella época. No digo el nombre porque las cosas cambian, y a punta de inversiones en el campus, en equipos y en personal docente, la mala fama quedó en anécdota. Una de esas anécdotas la viví en clase en otra universidad cuando el profesor de la cátedra confesó que él no contrataba egresados de la universidad malafama, no porque fueran malos profesionales ni estuvieran mal preparados, sino porque no podían decir que no sabían, decir ‘no sé’ era confirmar el prejuicio de los otros y no podían darse ese lujo. Sí, el profesor tenía el mismo prejuicio de todos y lo llevaba al extremo de perpetuarlo culpando de ello a los estudiantes que hubiera podido pero no quiso contratar, aunque al menos eso le valió para ser recordado como ejemplo en un ensayo sobre creatividad.
Equivocarse es un lujo que en muchos momentos no podemos darnos, tanto que nos parece que el error nos aleja de la genialidad como si la genialidad no fuera humana. Cuando en la película Amadeus, Salieri ve la partitura recién escrita por Mozart y lee en ella una música perfecta, hermosa, pero sobre todo sin una tachadura, sin una corrección, como si el paso de los sonidos en el cerebro a las manos que los ejecutaban y al papel que permitiría reproducirlos hubiera sido como el paso de la luz por el cristal, es en esa falta de correcciones donde al parecer está la genialidad de Mozart.
¿Si hubiera habido un tachón, cientos de tachones, la música habría sido menos hermosa, menos genial? Otra vez, el resultado condiciona tanto nuestra reflexión sobre el proceso que ante un resultado genial solo podemos imaginar que un camino perfecto llevó hacia él. Pero el error muchas veces es parte importante del camino y no en pocas ocasiones es parte fundamental de él.
Mi novela Si me muero, abre estos archivos iba a ser un microcuento. Quería escribir el intercambio de correos electrónicos entre un trabajador a distancia y su jefe, con el giro de que el trabajador se había muerto en un momento dado y el jefe siguió escribiéndole emails cada vez más molesto por el silencio del otro. Escribí cientos de correos, agregaba tres, quitaba dos, agregaba uno, quitaba cinco, y el intercambio nunca me dejaba satisfecho, el desenlace no me convencía, no importaba cómo o quién escribiera el último email ni qué se dijera en él.
Abandonaba el proyecto y lo retomaba tiempo después y siempre volvía a lo mismo, agregar email, quitar email. Hasta que en un nuevo intento entendí que ese que creía era el email final de la historia en realidad era el comienzo de una historia que todavía no sabía cuál era porque no había pensado nunca en ella. Ahí nació la novela.
Cuando se habla de aprender de los errores no se trata de tomarlo literal. Hay errores de los que lo único que se puede aprender es que no podemos volver a cometerlos. Tampoco basta con endosarlos a la experiencia porque nos puede pasar como en El amor en los tiempos del cólera, en que la sabiduría llega cuando ya no sirve para nada. Sobre todo no sirve cuando se utiliza como salvoconducto para la inacción: “eso ya se hizo y no sirvió” y por eso ya no hay nada más que hacer. Escuchar frases así debe ser una oportunidad para activar la creatividad como información.

Claro que no es fácil incorporar los errores de forma creativa a un proyecto. Insisto, son muchas las veces en que el error es un lujo que no podemos darnos. Pero cuando se pueda, hay que experimentar.
Si para un examen estudiamos cinco días completos con apenas descanso y al recibir la nota reprobamos sin pataleo, qué vamos a hacer para el siguiente examen, ¿estudiar seis días? A veces se trata de borrón y cuenta nueva, a veces de una iteración, a veces de corte y pega, a veces intuición, sentir una incomodidad y dejarse guiar por ella, ver si se trata de algo que amerite un cambio.
Ya hablé del origen de Aquí no encontrarás a Weeping Sally. Tenía lista, al menos eso creía, una primera versión de la novela pero sabía que algo no estaba funcionando. Tenía problemas no con el personaje principal sino con el que desencadenaba la trama. Decidí hacer varias iteraciones y entendí que el problema era que faltaba otro personaje, uno que acortara la distancia entre el principal y el que desencadenaba la trama. Eso hizo que la novela ganara incluso en estructura, pues su forma final nació con ese tercer personaje, fue resultado de esa inclusión.
Sí, tuve que reescribir bastante, agregarle secciones completas y cambiarle la estructura a algo que pensaba ya estaba listo, pero la creatividad también exige poner las horas e incluso Mozart con toda su precisión tuvo que escribir cada pieza de principio a fin y volver a empezar o rectificar si no estaba contento con el resultado.
Para pensar en ello: Desaprender del error.