Creatividad como problema

No es fácil tener ideas. Más difícil aún, que las ideas que tengamos sean buenas. Todavía más difícil, poder llevar a la práctica las buenas ideas. Por eso, ser creativo es un reto que se suele enfrentar como problema. ‘Ingenieros, ingénienselas’ solían decir los profesores en los primeros semestres de la carrera (bueno, no sé si en los últimos también lo decían, no llegué hasta ahí), y cuando yo escuchaba el imperativo simplemente me paralizaba, de inmediato sabía que no se me iba a ocurrir nada.

Con el tiempo entendí que mi falta de ingenio no tenía que ver con la creatividad sino con estar en el lugar equivocado. Pero muchas veces el problema está precisamente en ver las cosas como problema.
Siempre recordaré a mi profesor de física de los últimos años de bachillerato, que contaba cómo padres y representantes se le acercaban preocupados por el nivel de exigencia que les estaba demandando a los estudiantes, si hasta les pone problemas que no tienen solución, refiriéndose a problemas que daban como resultado una situación físicamente imposible, como que un tren va a recorrer ese trecho a esa velocidad en -5 segundos. La solución era que no tenía solución, pero la idea de que un problema no tiene solución es terrorífica, tanto que creamos una ingeniosa frase motivadora: si no eres parte de la solución eres parte del problema. El chiste que inventaron los químicos es genial: Si no eres parte de la solución eres parte del precipitado. Nada peor que ser parte del precipitado, digo, del problema.

Bien visto, en realidad no hay solución sin problema. Hay que tener problemas para poder encontrar la solución adecuada. Y para ingeniárselas hay que querer resolver el problema. Los problemas son una motivación para generar ideas. El gran negocio a veces solo se nos ocurre cuando nos quedamos sin empleo, la gran novela a veces es el producto de una delicada situación personal.

En muchas oportunidades queremos ver las ideas como independientes de las situaciones que las generaron. Eso, en buena medida se debe a que los grandes descubrimientos son grandes precisamente por los efectos que tienen sobre la vida diaria o sobre la concepción que tenemos del mundo y de la realidad. En el relato de las maravillosas o terribles consecuencias de un descubrimiento, el cómo se llegó a él termina siendo una anécdota menor o un acto de genialidad inexplicable. A veces también se confunde la idea con el llevarla a cabo. ¿Por qué Gutenberg se planteó crear los tipos móviles? ¿Cuándo sintió que ahí había un problema a resolver?

La historia de la cantidad de veces que Gutenberg experimentó con diferentes materiales hasta llegar al adecuado es un ejemplo de perseverancia y de obstinación, y al final eso fue lo que le permitió crear el mecanismo que revolucionó la reproducción de textos y con ello el acceso a la lectura y la cultura, pero esa historia es posterior a la idea, así como la manzana no basta para llegar a la fórmula F=Gm1*m2/r∧2. Pero sin la manzana el camino habría sido otro y quizás no hubiera sido Newton el que llegó al final.

Se dice que los dramaturgos—y los escritores en general—contestan preguntas que ellos mismos se hicieron. No contestarlas no es opción. Así como tampoco lo es para un músico no tocar su instrumento o para un fotógrafo no hacer la foto. Las ideas no provienen de la nada, suelen venir de necesidades percibidas o creadas.

Para crear ideas hay que sentir esa necesidad, saber sentirla y saberla trabajar para que sea productiva, que la necesidad puede fácilmente llevarnos no a un lugar de creación sino a uno de miedo y parálisis; la página en blanco no es un lugar de falta de creatividad sino de incapacidad para transformar necesidades creativas en ideas y de darle expresión a esas ideas. Quien nunca ha querido crear algo no se ha enfrentado jamás a la página en blanco, aunque una página en blanco sea lo único que se necesitaría para mostrar sus creaciones.

De vuelta en los salones de la facultad de ingeniería, recuerdo un profesor que no contestaba ni una sola pregunta durante los exámenes; desde que repartía las hojas de examen su voto de silencio era más riguroso que el de algunos claustros monacales, bajo el supuesto de que la capacidad de entender el examen era parte de lo que se evaluaba. Al sol de hoy creo que algunas de sus preguntas estaban mal redactadas, pero ante qué instancia se podía argumentar eso. Queda la enseñanza: para resolver el problema primero hay que entenderlo.

Para pensar en ello: Lugares no tan comunes.

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